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Los hoyos negros de la transparencia – El Sol de Tlaxcala

¿Qué armas más poderosas que la luz de la información, el conocimiento y la libertad de expresión?

Se dice que la peculiaridad de los hoyos negros – cuerpos obscuros del universo – es que poseen una atracción gravitacional tan intensa que impiden la salida de la luz y de cualquier señal o cuerpo material de su interior. Pero cuando el “combustible” de los hoyos negros se agota, estos cuerpos celestes empiezan a contraerse bajo su propia fuerza gravitacional.

Este proceso da pie a que se cree una zona en el “espacio-tiempo” que equivale a “un pozo sin fondo que se traga todo lo que se acerca demasiado”. Como resultado de ello, la “información” – entendida esta como la propiedad de los cuerpos que podemos observar – adopta “una forma caótica e inútil”.

En otras palabras, y cuidando las proporciones, los científicos han llegado a asegurar que los hoyos negros tienen la propiedad de hacer que la “información” se pierda bajo su atracción. Pues es tan fuerte su centro gravitatorio, que esta se distorsiona y se difumina en su interior hasta perderse.

Algo así sucede con el poder político cuando este es absoluto, es como una estrella obscura que posee una fuerza “gravitatoria” extraordinaria capaz de atraer con tal intensidad que puede ser difícil para las personas escapar de su “destello” y sus discursos emocionales.

Asimismo, los hoyos negros celestes están rodeados por un “horizonte de sucesos” que marca el punto de no retorno, más allá del cual nada puede escapar. De manera similar, el poder absoluto puede generar una especie de “horizonte de sucesos” en el que las políticas perjudiciales para la sociedad se vuelven inevitables y difíciles de revertir. Apelando a la analogía, ambos fenómenos tienen más cualidades en común: su obscuridad es infinita, inexplorable y su “apetito” es insaciable.

Y es por eso por lo que hay que repetirlo sin cansancio: la historia de la humanidad nos ha demostrado que toda persona que tiene poder absoluto, casi por naturaleza, por su condición misma, se ve tentado a abusar de él en prejuicio de los demás. Esta certeza no se funda en la mala fe, se sostiene con “la curvatura del espacio-tiempo” de la historia que demuestra que la gran mayoría de los seres humanos casi siempre busca satisfacer sus intereses y ambiciones personales por encima de los intereses de los demás. Donde, en la mayoría de las veces el corazón de los poderosos absolutos, elocuentes de “amor” y de “razones”, se vacían llenándose de una obscuridad inexplorable que se encamina hacia la implosión.

Afortunadamente, y a diferencia de los hoyos negros, la humanidad ha aprendido que, en democracia, la luz nos lleva hacia “la rendición de cuentas [que] es el punto nodal que supone la capacidad de las instituciones políticas para hacer responsables a los gobernantes de sus actos y decisiones, de sus actitudes y sus consecuencias en los distintos niveles de poder” (Crespo).

Es decir, “el buen gobierno no es resultado de las cualidades de un gobernante, ni de la elevada moralidad de los políticos – que, si bien sería lo deseable, es sumamente improbable -, y mucho menos del control y poder absoluto, sino de un equilibrio de poderes que modifica la relación de costos y beneficios para el comportamiento de los todos poderosos”. Un equilibrio que solo se logra con información “accesible, confiable, verificable, veraz, oportuna” para toda persona.

En este contexto es posible asegurar que las democracias modernas no se fundan aspirando a un rey filósofo como el que suponía Platón, a un ser humano iluminado, “altruista, solidario, honesto, misericordioso, justo, comedido y genuinamente preocupado por la suerte de sus súbditos”, todo lo contario; las democracias modernas se fundan bajo la creencia de que todo aquel que tenga poder absoluto, tenderá a caer en las codicias y los apetitos desmedidos; en aquellos hoyos negros laberínticos del corazón y la enfermedad.

Hoy nos encontramos frente al ocaso de una estrella que se contrae para tragar, bajo su propia fuerza gravitacional, el derecho de acceso a la información y la transparencia. Una inercia por hacer que la “información” se pierda bajo su atracción. La tentación es grande, y el reto es mayúsculo. No obstante, la curvatura de su espacio-tiempo sostenida en su “virtud moral” culminará. Y ante ello, no hay otra forma más que el resistir.

*Colaborador de Integridad Ciudadana A.C. @Integridad_AC @VJ1204

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